Murallas contra la desertificación

Resulta extraño en los tiempos que corren hablar de las murallas y muros más allá del propio hecho de ser auténticos obstáculos al libre movimiento de las personas. Entre otros ejemplos, los más ilustrativos son los existentes en la frontera entre México y EE UU, el Sáhara, India-Pakistán, Ceuta y Melilla o Mozambique-Zimbabue-Botsuana.

Sin embargo, es posible acercarse a la idea de las murallas bajo un prisma diferente, dentro del ámbito medioambiental, como reflejo de la férrea voluntad de lucha de las comunidades y naciones afectadas en la mejora de sus condiciones de vida. El avance de los desiertos y el propio proceso de desertificación es el resultado de una combinación de factores sociales y naturales. Destacan las prácticas agrícolas irracionales, el pastoreo imprudente, la gestión ineficaz del agua, la intensidad en los procesos de urbanización o la reducción de los espacios boscosos que provocan la destrucción de áreas naturales que pasan a convertirse en auténticas autopistas por donde avanza la arena y con ella el desierto. Países como México, Brasil, Chile, Afganistán, Somalia, Egipto, China o Estados Unidos se han visto severamente afectados por este fenómeno. Además, este tiene una incidencia especial en países con unos índices de desarrollo humano muy bajos, con un mínimo grado de resistencia frente a esta realidad.

Existen ejemplos positivos, como es el caso de Kenia que cuenta con el Movimiento Cinturón Verde, puesto en marcha por la política y activista Wangari Maathai; el de Filipinas con la iniciativa nacional de reforestaciónel programaAppalachian Region Reforestation Initiative en EE UU o el proyecto de la misma calidad realizado en Madagascar. Sobresalen los casos africano y chino por la magnitud de territorio afectado en los dos ejemplos, por el número de países de África implicados en el primer trabajo, así como por ser dos proyectos de ingeniería ecológica de grandes magnitudes.

En el ejemplo africano, existe la denominada Iniciativa Africana de la Gran Muralla Verde, que emerge en 2007 con el apoyo de los países al sur del Sáhara, y se materializa en la Agencia Panafricana de la Gran Muralla Verde que forman: Senegal, Chad, Yibuti, Malí, Eritrea, Etiopía, Níger, Nigeria, Sudán, Mauritania y Burkina Faso. El objetivo de este proyecto regional africano es revertir la degradación de la tierra y frenar el avance del desierto a través de la construcción de una muralla verde de aproximadamente 7.700 km de largo y 15 km de ancho entre Senegal y Yibuti. Combina la plantación de arbolado junto a la puesta en marcha de proyectos de desarrollo rural que permitan asentar poblaciones. Tras la Cumbre del Clima de París de 2015 el presupuesto establecido fue de cerca de 3.700 millones de euros, que aportarían el Banco Mundial, el Banco Africano de Desarrollo, la Unión Europea, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y otras entidades privadas. Su puesta en marcha ayuda a que no se produzca una catástrofe humanitaria, ya que los factores que favorecen el avance del desierto consiguen provocar una clara disminución en la calidad de vida de las comunidades afectadas. Además, la mayoría de los países que lo sufren se encuentran entre las naciones más pobres y con las infraestructuras públicas poco desarrolladas.

Es un proyecto que es reflejo de la acción africana y de su toma de conciencia ante los problemas a los que el propio continente hace frente. Uno de los ejemplos más evidentes es Senegal, con la recuperación de más de 27.000 hectáreas de tierra perdida y donde se notan los primeros resultados positivos. Las comunidades mejoran su protección frente al avance del desierto a través de la implicación en proyectos de plantación de arbolado, del trabajo con plantas medicinales, comestibles o poniendo el énfasis en la gestión del agua.

Respecto al ejemplo chino, su Gobierno desde 1978 desarrolla el proyecto de la Gran Muralla Verde, a lo largo de la frontera norte de 4.500 km y frente al avance del desierto del Gobi. Hasta ahora se han plantado más de 66.000 millones de árboles, en realidad es un proyecto que no integra más acciones que el hecho propio de la reforestación y sin otras iniciativas que complementen. En este caso, además, es interesante la salida masiva de mano de obra a los centros de manufacturación chinos, que ha provocado un paulatino abandono del cultivo de las tierras.

Ambas realidades, africana y china, están interconectadas gracias al Protocolo de AcuerdoMemorandum of Cooperation, realizado entre el Instituto de Ecología y Geografía de Xinjiang y la propia Agencia Panafricana de la Gran Muralla Verde. Permite a las dos partes colaborar en la construcción y el desarrollo del proyecto africano y en el compromiso por la prevención y la lucha contra los efectos de la desertificación.

Un nuevo elemento para la reflexión que se plantea sobre la base de este acuerdo es si estamos ante un claro ejemplo de colaboración Sur-Sur, donde China se examina como el país que no solo saca provecho económico de África, sino que muestra su compromiso en cuestiones que no son meramente financieras y económicas. En este caso, la mayoría de los Estados que conforman la Agencia Panafricana son socios comerciales de extraordinaria importancia para Pekín, con un alto nivel de dependencia en las exportaciones con el gigante asiático. El impacto de la actividad china en el continente durante estos últimos años también ha tenido tintes negativos en aspectos como la expropiación y explotación de los recursos naturales y minerales de África. Con nefastas consecuencias como el desplazamiento de miles de familias, la degradación medioambiental, los abusos de los derechos humanos y el mayor empobrecimiento de los pueblos africanos.

La puesta en marcha de estos dos grandes proyectos ante el agravamiento de los procesos de desertificación conlleva situar este problema dentro de los principales desafíos regionales y globales. Sin olvidar el papel decisivo de las comunidades afectadas. A su vez, la generación de interesantes acciones cooperativas que van más allá de las meramente comerciales y financieras por parte de China, parece demostrar que su presencia en África pueda, ya no solo, responder a una nación que busque ser una simple potencia colonizadora en la búsqueda de los recursos ajenos, sino que trate de lograr una presencia internacional de medio y largo plazo. La firma de este acuerdo constata el papel permanente de Pekín en numerosos desafíos a los que el continente africano tiene que hacer frente y a los que no parece sustraerse la acción del gigante asiático a través de nuevos proyectos que le permitan una mayor implicación en la realidad africana.

Fuente: https://www.weforum.org/

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